Desprestigiado con frecuencia, blanco fácil de las elites, Coldplay goza de un éxito planetario que no muchos logran sostener. Hoy, con diez años a sus espaldas, regresan con Viva La Vida, un disco que busca romper el molde con la ayuda del gran Brian Eno. Un encuentro cara a cara con Chris Martin, songwriter humilde y talentoso.

Para entrevistar a Chris Martin, el cantante de Coldplay, no hace falta ser demasiado diplomático, pero conviene ponerse medias limpias: al refugio del grupo -un búnker con oficinas y estudio de grabación en el barrio londinense de Camden- sólo se entra con la condición de sacarse los zapatos. Eso da para pensar que los miembros de la banda, entonces, ensayan descalzos. O, a lo sumo, en pantuflas. Pero nada de botas o de borceguíes. Estamos, efectivamente, en casa de Coldplay. Claro que, ahora, parece que algunas cosas han cambiado, sobre todo musicalmente. Todo ya no es delicado y liso como antes. A simple escucha, la vos se volvió más áspera e inquieta. Las melodías dejaron la cursilería. Y, como probable consecuencia de Brian Eno, los arreglos se volvieron hacia experiencias más intensas. algo que ya se nota de entrada en Life In Technicolor, un gran tema que, a pesar de su corte instrumental, sintetiza perfectamente los diez años de songrwriter de Martin(melodías superiores bajo la influencia de Echo & The Bunnnymen y una escritura amplia que, cosa rara en el paisaje anglosajón, habla con el lenguaje de los estadios sin opacar la emotividad). Porque habría que ser tonto, corto o esnob para no ver en él más que un rubio upper-class apasionado por la soja y las canciones infantiles, tal como sus detractores se divierten describiéndolo cada semana en los diarios británicos, haciéndolo pasar por representante del rock blando de los años de Tony Blair. Y este cuarto disco, más sinuoso de lo que parece, confirma los nudos, las espirales y el alma que habitan desde siempre en el cerebro de Mister Paltrow: se muestra como perdedor (Lost!), habla de sus fantasmas (42, una balada que evoca la inolvidable Everything’s Not Lost), abre sus orejas a los consejos de Brian Eno y a los discos de Tinariwen (un grupo étnico de Mali)… Y por supuesto, sigue entregando a la FM su lote de grandes éxitos para el invierno (como el irresistible Viva La Vida). Chris Martin merece, si no un fanatismo loco, al menos respeto. A continuación, las palabras de un songwriter humilde y lleno de dudas, capaz de componer canciones más grandes que él. Un tipo que acumula los tormentos de un poeta maldito en la psiquis de un tenista.

ENTREVISTA

Hace diez años que consagrás tu vida a Coldplay. ¿Con qué soñabas de jóven?

Chris Martin: Hace diez años, mi única ambición era sacar un disco algún día. Por entonces, parecía demasiado obtener un contrato y terminar un primer disco. Nunca fuimos los más talentosos, sólo los más afortunados. Es verdad, reconozco que trabajamos: ensayamos mucho… Pero lo hicimos principalmente porque teníamos la impresión de carecer de autenticidad. Teníamos miedo de que alguien se diera cuenta de que éramos músicos mediocres.

Algunos se preguntan por qué no fuiste solista. ¿Formar parte de una banda fué algo natural para vos?

Siempre me faltó confianza en mí mismo. Rodearme de un grupo me dio algo de seguridad. Nunca hubiera podido ser solista, sería una calamidad para el mundo de la música (risas). Nunca tuve el ego necesario para hacerlo.

Si no fué el ego, ¿Entonces cuál fué la motivación?

El miedo al aburrimiento, al ocio. Creci en el campo, en Devon, y fuí a la escuela en Yeovil, la ciudad de PJ Harvey… Todo era lindo, chico, alejado del mundo… Eso me dió una gran energía para descubrir cosas. Pasaba las noches soñando despierto con las grandes ciudades. Desconocía todo de ellas: la primera vez que fuí a Londrés tenía diecinueve años. De chico me lapasaba en el bosque haciendo fuegos y construyendo cabañas… El resto del tiempo hacía canciones. Si hubiese sido feliz y abierto, nunca habría sentido la necesidad de dedicarme a la música. Escribir fué mi manera de intentar comprender lo que me pasaba, lo que vivía. Me encantaba contar historias, dibujar…

¿Se escuchaba música en tu casa?

Por la fuerza: mi madre es músico-terapeuta. Y mi padre es un cantante frustrado; pertenece a la generación que fue alejada del arte y empujada hacia carreras menos azarosas: es contador, pero su sueño era ser músico o actor. Creo que se habría desilusionado mucho si yo hubiera estudiado también para contador… Siempre sentí mucho placer al cantar, desde chico, en la escuela o en la iglesia. Cantaba las canciones de otros: empecé con A-Ha y Michael Jackson; después fue Paul Simon, Stevie Wonder y Cat Stevens; luego U2 y Echo & The Bunnymen… Y lo sigo haciendo: me pasó con Arcade Fire. Siempre hubo un piano en casa de mis padres y, como yo era técnicamente incapaz de imitar a mis ídolos, me vi obligado a escribir mis propias canciones. Para mis doce años, mi madre me trajo de Venecia una pequeña mandolina, escribí muchas canciones con ese juguete… Entonces era lógico que tuviera un grupo. era mi único medio para llegar a las chicas y tal vez un día salir de Devon. tenía que irme. Fui a estudiar Historia a Londres, pero fue sólo un pretexto: sabía que, una vez ahí, tendría muchas oportunidades de conocer músicos.

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